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Atrapados por fardos de papel humeante

Actualizado: 22 ene

Pasadas las 17.30 horas del domingo 4 de enero de 2009, la B18 fue despachada a la Distribuidora de Papeles Industriales S.A. (Dipisa), ubicada en San Ignacio 0131, Quilicura, de jurisdicción del Cuerpo de Bomberos de dicha comuna. Se trataba de grandes depósitos de papeles que se quemaban en el interior.

 

La bomba, conducida por el teniente primero Claudio Arriagada, iba a cargo del capitán Rodrigo Cornejo y atrás era tripulada por David Lunt, Cristián Sepúlveda, Iván Marinkovic, Matías Roblero, Daniel del Solar, Benjamín Sanfurgo, Javier Hetzel y Michael Moore, mientras que, en el cuartel, la Brigada Juvenil se preocupó de repasar la lista y solicitar apoyo (clave 6-6) por la frecuencia interna de la compañía. Otro gran contingente de bomberos se dirigió en vehículo particular al siniestro.

 

En el lugar, el capitán Rodrigo Cornejo recibió instrucciones de parte del capitán de guardia del CBS, Juan Carlos Subercaseaux, para que B18 se posicionara en el costado norte de la fábrica con el objetivo de alimentar a MX13 y evitar la propagación del fuego a unas bodegas de la misma empresa que estaban en peligro. Eran toneladas de fardos de papeles que ardían sin control.

 

Los voluntarios de la 18 desplegaron dos armadas de 72 milímetros, con cuatro tiras cada una, para alimentar a MX13. El resto de las mangueras de la bomba se utilizaron para conectarse con BX16 y B22 para lograr un suministro continuo de agua, ya que estas máquinas estaban dispuestas en un punto de abastecimiento con piscinas, y para las armadas de la 18, cuyos pitones fueron alimentados directamente desde BX5 del Cuerpo de Bomberos de La Granja, San Ramón y La Pintana.

 

Era una tarde calurosa, una jornada agotadora, pero todos los voluntarios trabajaban de manera dedicada en sus tareas, sin mayores novedades. No obstante, cerca de las 20 horas, un derrumbe de fardos de papel dejó atrapado a Francisco Niño, en ese entonces ayudante de la Decimoctava, quien se desplazaba junto al capitán Rodrigo Cornejo para verificar la factibilidad de posicionar un nuevo pitón.

 

“Yo ponía atención al portátil cuando escuché un grito ‘¡cuidado!’, levanté la vista y pude ver cómo se venían hacia nosotros unos fardos de papel y cartón. Esa imagen nunca la voy a olvidar”, relata Francisco Niño. “El capitán pudo esquivar el derrumbe, pero yo me di cuenta demasiado tarde y no alcancé a reaccionar a tiempo. Recuerdo que la fuerza del golpe de estos fardos me empujó contra un muro, quedando fuertemente presionado. Estaba literalmente aplastado. Sentí mucha angustia, a veces un poco de desesperación. Pensé que hasta ahí llegaba mi vida”, agrega.

 

Matías Roblero complementa lo sucedido: “Yo iba pasando por ese lugar junto a Daniel del Solar cuando el capitán nos dice con voz preocupada: ‘Vengan, necesito ayuda’. Cuando nos acercamos, nos percatamos que Francisco estaba atrapado. Todos los que llegamos a su alrededor quedamos consternados, porque el fuego avanzaba y su vida corría peligro”. Francisco Niño estaba aprisionado entre un muro de un galpón metálico y los pesados fardos. El escenario era muy complejo, sus extremidades inferiores se encontraban completamente aplastadas con el material, tanto que no fue posible sacarlo a pulso. El fuego cercano, el humo y las altas temperaturas dificultaron las tareas de rescate. Hubo mucha tensión por el desenlace que podía tener la situación. El propio Matías Roblero, Cristián Sepúlveda, Daniel de Solar y algunos voluntarios de la Octava, Novena y Vigésima Primera compañías del CBS fueron los primeros en prestarle ayuda.

 

“Recuerdo que me sentía muy raro al estar en la posición de una víctima. Al principio me cuestioné y pensé en muchas cosas en esos eternos primeros minutos. Después de un rato me tranquilicé un poco. En todo caso, fue muy difícil dejar de preocuparse, tenía que aguantar la dolorosa presión en mis extremidades aplastadas y no podía dejar de mirar de reojo los demás fardos de papel que estaban en mi entorno, porque en cualquier momento podían caer sobre mí. Luego mis piernas se comenzaron a dormir. El apoyo y la energía de todos me ayudaron a tener fuerzas para aguantar”, cuenta Francisco Niño.

 

Matías Roblero estuvo todo el rato junto a él: “Yo soy su padrino en la bomba, así que me sentí responsable de acompañarlo y hacer lo posible por rescatarlo. Me subí arriba de esos fardos y traté de mover el material con las manos, cuestión que resultó imposible. Luego lo intenté con un hacha, sin resultados positivos. Fue ahí cuando nos dimos cuenta que no podríamos sacarlo a pulso y que teníamos que pensar rápidamente en otra estrategia. Recuerdo que me pidieron que bajara a una zona segura pero yo dije que no me movería, porque aquí estaba mi ahijado. Nunca olvidaré cuando, desde abajo, me gritaron: ‘Se te están quemando las botas’. El fuego ya nos había alcanzado. Sin embargo, recogí mis piernas y me quedé en posición fetal junto a Francisco. Había mucha tensión”. Dado que el trabajo manual para liberarlo no dio frutos, se tuvo que recurrir a una grúa horquilla, la que con extremo cuidado comenzó a remover lentamente el material en combustión que estaba a su alrededor. Luego de unos 20 minutos, Francisco Niño fue liberado y atendido en el lugar por personal del Departamento Médico del CBS, para luego ser derivado a su domicilio, donde quedó con reposo por 24 horas. Increíblemente no sufrió daños de consideración ni quemaduras.

 


“No puedo explicar la sensación de alivio que sentí cuando mis compañeros lograron sacarme. Luego de eso quedé muy adolorido por varios días, pero afortunadamente sin ninguna secuela. Fue un milagro que no me pasara nada grave en ese accidente. Siempre estaré agradecido de Matías Roblero, Daniel del Solar, Cristián Sepúlveda y Rodrigo Cornejo, junto a todos los que ayudaron para que hoy pueda estar aquí contando esta historia”, concluye Francisco Niño.

 

Con una dotación de 36 voluntarios, la Decimoctava cumplió un total de seis horas de trabajo, retirándose a la 1.39 horas del lunes 5 de enero. A cargo del CBS estuvo el cuarto comandante, Gabriel Huerta. Como anécdota se puede señalar que efectivamente las botas de Matías Roblero se quemaron, al punto que quedaron inservibles y nunca más las pudo volver a utilizar. Hoy las conserva en su casa como recuerdo de aquella experiencia.

 

“Ese día pude percibir los riesgos de nuestra actividad. Ese episodio me enseñó a estar alerta ante cualquier situación. De un momento a otro los peligros que enfrentamos pueden ocasionar accidentes con graves consecuencias. En esta oportunidad tuvimos suerte”, comenta el padrino de Francisco Niño.

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