Mi primer terremoto
Por Jorge Mahaluf Velasco, voluntario activo e instructor de la Brigada
Juvenil Manquehue.
Marzo 2010

Foto de Andrés Lewin
El 26 de
febrero la Brigada Juvenil “Manquehue”, después de haber compartido con sus
pares del Cuerpo de Bomberos de Nuñoa, con un rico asado y siendo el último
fin de semana de vacaciones, se acordó que los futuros bomberos acompañaran
a la Guardia Nocturna en su estadía.
Como era
de esperar, esta guardia sería acompañada con un ejercicio de destrezas y
manejo de material. El
ejercicio comenzó a minutos de las 3 AM. Preparándonos para el segundo
movimiento, las luces del cuartel de la 18 se apagan.
Acompañado por el Instructor de brigada Michel Moore y el voluntario Carlos
Abusleme, pensamos que era un simple corte de luz, por lo que Carlos fue a
observar la radio de la base para cerciorarse de que estuviese apagada,
mientras yo subía las escaleras para avisarle al Tte. 1º que descansaba, ya
que cada vez que los timbres se desconectan, se debe avisar a la central del
desperfecto.
Pasó
poco más de un minuto de este hecho, cuando la tierra comenzó a moverse.
Miré a Carlos desde las escaleras hacia la sala
de máquinas y asentimos con la cabeza, sólo era un temblor. Seguimos un par
de segundos dirigiéndonos cada uno adonde iba, pero la tierra comenzó a
saltar y fuerte. Carlos me recordó: “La Brigada está en el subterráneo”.
Ambos,
calmadamente salimos de la sala de máquinas y les pedimos a los brigadires
que salieran calmadamente. Los jóvenes subieron la escalera hacia el patio
de forma serena, justo en el momento en que comenzaron los rugidos desde el
suelo. Mantenerse en pie era una maestría. Sin embargo, teníamos a cargo a
los niños.
Rápidamente los tomamos y los alejamos de los ventanales y nos colocamos al
lado de la piscina, la cual botaba el agua de lado a lado. Afirmarse de la
muralla era como agarrar una gelatina. Casi caigo puesto que los pequeños se
afirmaban de mí fuertemente. Michael, trataba de calmarlos y yo pensaba en
la losa que cedería hacia el subterráneo. Este hecho me motivó a realizar
otro movimiento y alejarlos a la esquina del cuartel, lo más lejano a la
estructura y ventanales. Lo logramos sin perder el equilibrio, teniendo
luego que volver por un segundo grupo.
En ese
momento Carlos me dijo: “¡MIRA LA BOMBA!”, una imagen impresionante que
nunca podré sacar de mis retinas. Nuestra joyita, la verde limón, patinaba
de lado a lado en la sala de maquinas, amenazando con golpear los pilares a
su costado. Un viento caliente tocó la piel de todos, el ruido incesante y
las explosiones de transformadores que iluminaban el cielo de un azul
incandescente.
Cruzando la sala de máquinas vimos a Manuel Cisneros, nuestro mensajero,
correr luchando por mantenerse en pie cuando por fin
cesó el movimiento y la tierra se calmó, surgiendo entonces el silencio…
Vimos
bomberos bajando desde la Guardia Nocturna y abrimos los portones, sacamos
las máquinas, calmamos a los niños, todos fuera del cuartel, ninguna luz. La central con voz temblorosa recibía
reportes de cada Compañía. Luego,
comenzaron a sonar incesantemente los tonos y el flujo de despacho tras
despacho que no paró casi ningún minuto durante todo el día. Sabíamos que
había gente que necesitaba nuestra ayuda.
Comenzaron a llegar más bomberos, padres a buscar a sus hijos y emergencias
de gases para la 18 en constantes ocasiones. La bomba no se movió en
demasía, para ser sincero, me pareció que se movió más para el terremoto,
aunque un 10-4-1 fue su primera salida en la catástrofe. Producto de la caída
de las piedras que sostienen el paso peatonal de la plaza Benito
Juárez, un conductor ebrio chocó y volcó. Lo atendí con personal de la 15,
casi peleando para que no moviera la cabeza.
Siguieron las emergencias para el resto del CBS y los respectivos 10-6 para
nosotros.
Se me
designó para el Z-18 junto a Carlos Abusleme, mientras nos informaron de un
incendio de grandes proporciones en Lampa. Debo decir que la designación me
desmotivó un poco, ya que al Z era a lo que menos fe le tenía para atender
una emergencia. Nuevamente, mi amigo Abusleme me dijo: “Tranquilo Harry, si
vamos a salir”. Gran hombre, no se equivocó y a las 7:00 AM nos dirigimos
con el otro verde limón hacia el Incendio.

Ya con
algo de luz, en Vitacura no se veían destrozos, hasta que comenzamos a bajar
por el camino La Pirámide. “Hongo tras hongo”. Diversas columnas de humo se
divisaban al horizonte, no sabíamos ni a cual de esas íbamos, el humo negro
tapaba los rayos del sol, realmente parecía una imagen de película de un
Apocalipsis. Paso niveles en el suelo, autopistas caídas, edificios dañados,
postes caídos o semi caídos.
Acompañados del Maquinista, Rafael Rebollo, que manejaba con destreza camino
al incendio, logramos llegar a NUESTRO INCENDIO, luego de pasar por otro muy
cerca. Una columna gigante y explosiones cada segundo, era nuestra imagen.
Una fábrica de productos químicos desconocidos ardía completamente sin
control. Los bomberos de Colina sin mucho que hacer, armaron
un monitor que ni cosquillas le hacia a ese descomunal evento, como tampoco
lo lograba un pitón por otro costado. Realmente era caótico.
Armamos
la piscina y procedimos a abastecer de agua. Luego llegó B-2 y otros
Z de Santiago.
Salió un
incendio en Santiago y Z10 dejó el lugar para volver más rato, pero
llegó el BX13, que realmente hizo un gran aporte en el incendio.
Carabineros y municipalidades llegaron a colaborar en un incendio que a
pesar de los miles de litros que se le tiraban no aflojaba. Pasaron las
horas y el fuego no se extinguía. Aún no sabíamos nada de nuestras familias
y tratábamos de comunicarnos, pero los celulares seguían muertos.

Fotos de Andrés Lewin
A las
15:00 PM y ya exhaustos, nos dan retirada y de verdad, la columna tóxica no
paraba de emanar. Finalmente regresábamos para ver a nuestras familias,
volviendo a encontrarnos con la realidad del terremoto en el camino.