Los 140 bomberos
contra el terremoto
Fuente ELPAIS.com,
España
Por RAMÓN LOBO |
Enviado especial - Puerto Príncipe - 14/02/2010

Puerto Príncipe no es Nueva York aunque sus 140 bomberos
también merecen un lugar de honor en la historia de los héroes anónimos. No
ocuparon tanto espacio en las televisiones ni en las primeras páginas de los
periódicos internacionales, a veces más preocupados por el trabajo de sus
voluntarios que de los haitianos, pero en estas semanas se deslomaron como
los que más en arrancar vivos de las garras de la muerte, sofocar incendios
y apuntalar viviendas que amenazaban con derrumbarse.
Su cuartel general está en lo fue la zona noble de la capital, junto a Camp
de Mars, el parque de los héroes de la independencia, y el palacio
presidencial, copia inexacta de la Casa Blanca y legado de la ocupación
estadounidense de 1915 a 1934. Todo ese espacio, majestuoso a su manera, es
hoy un campamento insalubre de miles de personas sin techo y que nadie se
atreve a desmontar.
Hay cuatro vehículos autobomba de color rojo intenso preparados para salir,
dos aparcados en la calle y dos en la cochera. El quinto se encuentra en la
mesa de operaciones sometido a una revisión de achaques. En tiempos hubo un
sexto, ya difunto y reducido a chatarra. Estos medios son un símbolo de lo
que pesa el Estado en Haití, de cuáles son sus armas para enfrentarse a los
desastres naturales y la mejor explicación de tanta ineficacia y descontrol:
sólo 140 bomberos y cinco camiones para una ciudad de dos millones de
habitantes.
A mediodía, cuando la solana del Caribe aprieta, una treintena de estos
bomberos sestea, juega a las cartas, arregla motores en la parte trasera o
charla en espera de una llamada. "Trabajamos desde la misma noche del
terremoto. Este equipo no estaba de guardia pero nos incorporamos de
inmediato. El principal problema eran los incendios, muchos provocados por
bandas de delincuentes que después de robar en las tiendas las quemaban. Era
muy difícil moverse. Las calles estaban llenas de escombros y de gente que
no sabía adónde ir", dice Joseph Jordany, de 30 años, soltero y a cargo del
niño de su hermano. "En mi familia están todos bien pero nuestra casa se
desplomó".
Sus compañeros Joel Dumond, Joseph Sergoy y Charles Joel miran al suelo y
cada poco asienten como si otra conversación paralela fluyera dentro de
ellos. Las palabras de su amigo despiertan imágenes individuales de dolor.
Todos han perdido sus hogares. El cuartel general en el que trabajan es de
alguna forma un campamento de bomberos sin techo. Visten de faena, con los
cascos protectores cerca y medidos los pasos que deben dar para subirse al
camión, cada uno en su puesto. Son policías con una formación especial para
trabajar como bomberos.
"El momento más duro de estos días fue el hallazgo de dos niños muertos. A
uno le faltaba un trozo de cabeza; el otro, no tenía piernas", dice Joseph
Jordany. Su forma pausada de hablar, de arrastrar las palabras, como si le
pesaran antes de salir a los labios, debe ser un método secreto para
controlar su emoción, de evitar las lagrimas. "El momento más hermoso
sucedió al día siguiente del terremoto en el barrio Carrefur. Conseguí
salvar a una niña de nueve años. Al principio sólo vi entre los escombros de
una casa un antebrazo que se movía y comencé a escarbar con las manos hasta
que la rescaté. No sé como se llama, pero hay días que viene su madre por
aquí para saludarme y darme las gracias".
Otra vez las palabras a cámara lenta. Es difícil saber cuál de las dos
emociones que se esconden en Joseph Jordany pesa más, la de la muerte o la
de la vida. A diferencia de los cientos de voluntarios extranjeros que
llegaron a Haití equipados con las mejores tecnologías para el rescate, de
España también, y que realizaron un gran trabajo, estos bomberos haitianos
carecen de billete de vuelta a un confortable Primer Mundo. Se quedan aquí,
en el Tercero, atrapados en su destino, sin apenas medios y con la tragedia
de dos millones de habitantes de Puerto Príncipe bailándoles en la retina.
No se trata de un castigo, es sólo una forma extraordinaria de coraje.
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